Amores materialistas

[Imagen Anora, de Sean Baker]
Durante el último año he participado en un estimulante grupo de estudios sobre anarquía y comunalidad, donde hace algunas sesiones alguien comentó sobre esta película (Materialists es el título original), lo que detonó mi cosquillita de verla, y pues llegó a una de las plataformas disponibles, así que aproveché.
El formato es de una comedia romántica, y aunque en algún momento es capaz de producir expectativas de algo más interesante, el final no deja lugar a dudas. En general me hizo reflexionar sobre nuestra época y sus intentos fallidos de crítica radical. “Radical” no significa “extremista” sino que atiende a cuestiones de raíz o, por lo menos, intenta ir lo más “lejos” posible a la hora de pensar determinada problemática. Se trata de pensar cuáles son los mecanismos que la producen, de qué fundamentos pretende partir, qué principios configuran su lógica. Historizar un problema es básico para entender qué trampas y prejuicios validan su existencia inercial y acrítica, cómo fue que un acontecimiento históricamente singular devino hábito en determinadas coordenadas geográficas.
Desde esa perspectiva la película podría leerse como una cadena de fracasos. Fracasa al pensar una genealogía del matrimonio, su carácter patriarcal en tanto único munus que puede ofrecer la mater. Para esta antigua tradición (griega y romana, en todo caso), si una mujer no se casa carece de todo protagonismo en la ciudad: no alcanza la ciudadanía de segunda categoría que le ofrece unirse legalmente a un ciudadano, sólo puede procrear bastardos y la dimensión pública de sus encuentros sexuales sólo puede comprenderse como prostitución. Después, a partir de ciertas premisas estoicas, el cristianismo hará del matrimonio un sistema que tolera primero, y purifica después, la perversidad inherente al placer sexual. La historia del matrimonio es interesantísima, pero el filme ofrece una versión romantizada (como no podía ser de otro modo) de una pseudogenealogía matrimonial, por más que insista respecto a que el matrimonio se parece más a un negocio que al amor.
Este es prácticamente el paradigma sobre el cual opera la película: hace como que aborda de manera cínica el matrimonio para inmunizarlo de una perspectiva radicalmente cínica. El cinismo ha devenido una actitud que la gente bienpensante y bienintencionada pretende evitar. Esto se debe, probablemente, a cierto temor de promover la pérdida de esperanza. También se relaciona, sin duda, con la necesidad de alejarse de tendencias cínicas en cierta retórica contemporánea, perceptibles en figuras como Trump, Netanyahu o Milei. Es aquí donde convendría distinguir[1] entre una forma de cinismo que promueve la esperanza en el dominio de la posverdad (MAGA no es otra cosa que un slogan esperanzador), y otra forma, capaz de destituir algunas esperanzas y desplazar comportamientos que sólo reproducen mecanismos de dominación.
En este sentido, el filme queda del lado del fascismo. A primera vista, parece que critica, por ejemplo, todo lo que la gente hace para devenir deseable, incluso en términos de cirugías estéticas, pero lo cierto es que termina prácticamente haciéndoles publicidad. ¿Tienes 20 mil dólares para que te corten las piernas y obliguen a tus huesos a hacerse más largos para ganar 15 centímetros de altura? Sería estúpido no hacerlo. La ambigüedad es: si tienes el dinero y la disposición de ser deseable, haz lo que sea necesario porque, aunque eso no garantiza encontrar a alguien que te ame, permite que más gente se acerque, aumentando tus posibilidades de una relación “para siempre” y, por supuesto, monógama.
Por cierto que el concepto crucial del filme es el de “valor” que llega a usarse de manera intercambiable por “amor” (es decir, el amor se experiencía bajo la forma del “alguien me valora”). En ese concepto se jugaba la posibilidad misma de entender el materialismo del título en sentido marxista, a partir de ciertos guiños críticos con respecto a lo costoso que se ha vuelto el mero hecho de tener una relación de pareja, en el marco de la precarización contemporánea, pero claro que fracasa fetichizando al yo (alienado) como objeto que tiene valor de cambio para un sujeto. El clímax de la película consistió en un vato haciéndole una oferta, supuestamente amorosa, a la protagonista, precisamente por la incapacidad de escapar a un discurso neoliberal (y el ‘empresario de sí mismo’[2] está omnipresente).
¿Por qué no destituir la idea misma de matrimonio?, ¿por qué no orientarse a reconocer ventajas legales en algunos casos y decir que el punto del vínculo amoroso no podría reducirse al acuerdo contractual? Quizá porque la película termina haciendo lo mismo que hace el argumento: vender esperanza a gente que aspira al amor romántico, incapaz de concebir la convivencia afectuosa desde otro lugar, o que, cuando menos, no podría conformarse (con) vínculos que no respondan a los parámetros de ese formato.
La película fracasa también en su pseudocrítica a las simplificaciones que operan en el matchmaking, dejando la sensibilidad de la casamentera experta en un plano que difícilmente supera el algoritmo de las plataformas de citas. Pero principalmente fracasa en su intento de distinguir entre matrimonio y relación amorosa, haciendo que esta quede incompleta sin aquel. Habría sido más sencillo, discursivamente, explicarle a la audiencia que hay (y ha habido a lo largo de la historia de Occidente) dos cosas muy distintas: el matrimonio y el vínculo amoroso-erótico. Nada les costaba (porque nuestras bibliotecas están llenas de referencias) explicar que, efectivamente, el matrimonio se vincula a un pacto que el amor y el eros no requieren para desplegarse. En lugar de eso, terminan por unir en matrimonio al negocio y al sentimiento amoroso, lo que hace que el final sea asqueroso, porque cursi era un calificativo apropiado para las comedias románticas noventeras, esas de Meg Ryan y Tom Hanks; ahora, en un mundo repleto de genocidios, de la catástrofe cotidiana que supone la precarización neoliberal (o tecnofeudalista o como se prefiera llamarle) y el calentamiento global, lo trasnochado de lo cursi resulta nauseabundo.
Sobra decir que no la recomiendo, pero aprovecharé para recomendar su antítesis: Anora, como crítica política (infinitamente más marxista) a la expectativa del amor romántico. La escena final, que me pareció de una brillantez infrecuente, muestra cómo la noción neoliberal de valor produce impotencia a la hora de usar el cuerpo: ya no se necesita al cristianismo para decirnos que es malo sentir placer, ahora se trata de cómo la inercia competitiva produce una desconfianza tal que deviene imposible sentir placer fuera de la lógica transaccional.[3]
[1] Una alternativa es la distinción que hace Sloterdijk entre cinismo y kinismo, en Crítica de la razón cínica. Pero concretamente entiendo al cinismo radical como una expresión parrésica (“valentía de decir una verdad difícil de escuchar”) en los términos que desarrolló Foucault en sus últimos años, y que en este contexto implica desplazar el lugar que ocupa la esperanza para que “haga lugar” (en el sentido de la khôra platónica como la plantea Derrida en Khôra) que suponga una determinada potencia. De este modo, se trataría de un cinismo que opera como potencia destituyente en el sentido que le da Agamben en El uso de los cuerpos. Esa noción de uso es crucial para pensar la profanación, en este caso, del amor romántico, que continúa siendo una figura sagrada y que, en cuanto tal, se la pasa exigiendo sacrificios (como muestra de sobra la película), y en ese sentido afirmo, contrario al moralismo de nuestro tiempo, que la potencia no se encuentra en amar a personas sino en usar cuerpos. Claro que esto implica dejar de pensar, entre otras cosas, en términos de sujeto/objeto, y algo que sin duda ayuda es hacer una genealogía del concepto de ‘persona’, como hace Roberto Esposito en El dispositivo de la persona.
[2] Noción que presenta Foucault en El nacimiento de la biopolítica y que refiere a cómo el discurso neoliberal produce individuos-empresa, que requieren invertir durante toda la vida en sí mismos para volverse rentables. Brigitte Vasallo señala el carácter hegemónico del pensamiento monógamo bajo la forma del valor individual percibido y la lógica transaccional en la búsqueda de pareja en Pensamiento monógamo, terror poliamoroso.
[3] Sobre la dificultad del placer y las crecientes formas de devenir insensibles, recomiendo la primera mitad del texto de Berardi, Fenomenología del fin.
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