¿Para qué sirve la filosofía?

 
[Imagen: Fight Club de David Fincher][1]

[...] el gran secreto del régimen monárquico y su interés principal consisten en engañar a los hombres y en disfrazar con el hermoso nombre de religión el miedo con que los esclavizan, de tal modo que creen combatir por su salvación cuando combaten por su servidumbre [...]
Baruch Spinoza[2]

La semana pasada me invitaron a charlar en un programa de radio sobre la atención. También comenzamos un círculo de lectura y discusión del texto: El eclipse de la atención.[3] Desplegaré aquí algunas de las reflexiones que surgieron.

Hoy se escucha por todos lados que nuestras sociedades sufren de un problema grave de atención, que el tiempo en el que podemos sostenerla (attention span) se ha reducido considerablemente y los diagnósticos del Trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH) han crecido exponencialmente. Con frecuencia se culpa de esto a las nuevas tecnologías, desde los dispositivos inteligentes hasta las redes sociales y el tipo de contenidos que las caracterizan.

Yves Citton dice que el problema no son las tecnologías en cuanto tal, sino las lógicas extractivistas que han abierto paso a un uso homogeneizante y desmedido de nuestra concentración al servicio de la acumulación de capital. Menciona, además, que no se trata de un tema tan reciente, sino que la atención se viene problematizando cuando menos desde la Ilustración, debido, por un lado, a la revolución industrial (la importancia de la atención de los obreros tanto por productividad como por seguridad), y por el otro, a la emergencia de un medio masivo, el periódico. A partir de cierto momento, alrededor de 1830, en Nueva York los diarios dejaron de venderse a 1 dólar para venderse a 50 centavos, haciendo que los anunciantes pagaran la otra mitad y, con ello, consiguieran mayor circulación. De este modo emerge la publicidad, es decir, la industria que se sostiene de la atención pública.[4]

Claro que esto explotó y hoy por todos los frentes nuestra atención es solicitada, o mejor dicho, demandada (a este fenómeno se le ha venido llamando ‘economía de la atención’). Vivimos en el paroxismo del mercado de la atención[5] y esto resulta evidente cada que se nos repite que si las plataformas tecnológicas son gratuitas se debe a que nosotros somos el producto. Hoy se registra no sólo a qué noticia le dimos clic y a qué imagen le dimos like, sino cómo cambia la velocidad del scrolling cuando determinada cosa aparece, qué elementos están al centro de la pantalla al detenernos, qué parece que realmente leímos y no sólo dejamos la ventana abierta mientras hacíamos otra cosa. Se analizan patrones de comportamiento al punto que conocen nuestros intereses mucho mejor que nosotros mismos. Gracias a los metadatos la humanidad jamás había sido tan predecible: hoy compañías gigantescas[6] ofrecen servicios de publicidad con una efectividad sin precedentes, por no mencionar el escándalo de Cambridge Analytica, algo que se vuelve tan cotidiano que pronto no escandalizará a nadie.

No obstante, como nos pasaba con ‘deseo’,[7] cabe preguntarnos si vamos a entregar la noción de atención al “enemigo”. Es decir, necesitamos partir de la pregunta: ¿qué tipo de atención demanda la industria de la publicidad? Decía, respecto al deseo, que podemos distinguir entre uno que está orientado a determinado objeto que nos atrae, de otro entendido como empuje vital. Es la diferencia entre despertar y que sea la añoranza de un café la que nos levante (es decir, una expectativa), a que nos levantemos contentos por encontrarnos vivos, entusiastas por lo que sea que vaya a deparar el día (lo impredecible que nos mantiene expectantes). Pienso que resulta similar con la atención: puede ser atraída por un objeto o puede tratarse de un estado (de mayor o menor duración).

Hay que decir, entonces, que la atención que se nos demanda está orientada a determinado objeto, mientras la atención expectante es un indicador de por dónde pasa, fácticamente, el placer de estar con vida. Por supuesto, si acá se lee que debemos evitar una atención y estimular otra, que una es mala y otra es buena, nos quedamos en el ámbito de una fuerza de voluntad que casi siempre se manifiesta impotente, y de una moralización que casi siempre resulta despolitizante. Está claro que si alguien está realizando una cirugía es mejor que se mantenga con mucha atención a los objetos (y órganos) con los que trabaja y a los objetivos. No se trata de ofrecer alternativas simplificadoras para tranquilizar conciencias. Lo que intento es transmitir la potencia receptiva que acontece cuando, en una determinada situación, emerge nuestra atención expectante.

Esta atención no se consigue a través de la voluntad: “Weil distingue atención de concentración o ‘fuerza de voluntad’: apretar los dientes y soportar el sufrimiento no garantiza nada a quien estudia, porque el aprendizaje no puede ser movido más que por el deseo, el placer, la alegría. La atención es más bien una especie de ‘espera’ y de ‘vaciamiento’ que permite acoger lo desconocido.”[8] Yo la entiendo como punto de partida de toda potencia de no saber, es decir, de toda actitud filosófica. Desde el “sólo sé que no sé nada” que abre al cuestionamiento de todo saber dado, hasta la anarqueología foucaultiana, el combustible filo-sófico (es decir, de quien no pretende estar en la posesión del saber) es no sólo el asombro y la curiosidad, sino algo incluso más originario: un modo receptivo de estar en el mundo. Habitar el riesgo de no apresurarse a una interpretación.[9]

Se trata, entonces, de una potencia que se activa gracias a la hospitalidad con el acontecimiento, o con quien habla, donde hay un genuino interés por comprender articulaciones que nos vienen como extrañas antes de refutar o, sencillamente, imponer la propia perspectiva. Como dice Marla Singer, un escuchar que no sea sólo esperar tu turno para hablar. No se trata de una conexión puramente intelectual puesto que no aislamos lógicamente lo que se dice, también participa el cuerpo. Hay, además de un lenguaje corporal, una emocionalidad ante ciertas temáticas que también “dice” algo.

Manifestación existencial de sentido y sensibilidad y no sólo comunicación en sentido tradicional: la vida no acontece en un universo matemático de idealidades. Por supuesto, también puede haber hospitalidad con los textos. Por desgracia la academia demanda un modo de escribir que evite emocionalidades. A veces esto se mitiga con ciertos permisos poéticos o se termina rodeando a través de complicadísimos modos de exponer, lo que entorpece, aún más, el acceso a las tematizaciones filosóficas.

La filosofía requiere tiempo. Buena parte de lo que hoy se dice en torno al problema de la atención es que si no hay respuestas cada vez más inmediatas la gente se aburre. ¿No será este aburrimiento un mecanismo de defensa contra la sensibilidad?, ¿no estaremos huyendo de esa tristeza y esa estupidez con las que, según Deleuze, la filosofía nos confronta?[10] Es quizá en este sentido que Fernández-Savater señala que, de la manera en que entiende atención, distracción equivale a estupidez.[11] Séneca decía más o menos lo mismo: la stultitia, entendida como esclavitud reactiva a los estímulos, es lo opuesto a la filosofía como forma de vida.[12]

Sin embargo, tampoco estoy contento con entregar la distracción al enemigo. Cuando algo nos “llama la atención” lo que hacemos es enfocarnos a un objeto. Incluso, al menos en México, “llamar la atención” es un eufemismo de “regañar”, en tanto que se está demandando que nos enfoquemos en determinado detalle de tal manera que algo que ocurrió no se repita. Se trata de una cierta domesticación de la atención a través del enfoque. Fácilmente nos reprocharán que no es que se domestique la atención sino la distracción, pero es posible entender la distracción como algo que posibilita la atención (que no está orientada a los objetos). Es decir, ante un andar despreocupado puede acontecer esa potencia pasiva de atender a una situación que capte, genuinamente, nuestro interés (que no hay que entender en términos de “expectativa de ganancia”, es decir, pasa lo mismo que con el deseo y la atención). Dice Yves Citton, en el marco del extractivismo de la economía de la atención, que: “El problema de hoy tiene que ver con que hay demasiada concentración. […] Rebelarse, dentro de este marco, es estar distraído.” (pp. 36-37)

Es notorio, entonces, que cuando hablamos de attention span y TDAH no nos referimos propiamente a la atención sino al enfoque, incluso a la concentración. Más aún, si bien fácilmente reconocen que se trata de hábitos, hay una problemática de fuerza de voluntad naturalizada. Pensemos en el lugar común: un infante al que le cuesta mucho trabajo entender algo que se le está explicando en el aula porque se distrae con cualquier cosa. El primer paso será “llamarle la atención” para que dirija su voluntad hacia la temática que se expone. En casa se le regañará, castigará, con miras a que se esfuerce más en su voluntad de concentración. Cuando todo esto falla, se le patologizará ya que, en tanto anormal, no puede hacer un uso normal de su voluntad de atención. Pienso que aquí hay un problema serio de abordaje porque la “fuerza de voluntad” no es un dato natural. Es cierto que tampoco es natural el hecho de que algo atraiga genuinamente nuestra atención, ni el hábito de una disposición receptiva, crítica y curiosa a las situaciones que se presenten, pero encuentro una cierta “patología política”, más bien, en la obsesión con domesticar esa “atención salvaje” a través de la fuerza de voluntad y su carácter típicamente sacrificial.

Será en otra ocasión que desarrolle más el problema de las lógicas productivistas-consumistas que capturan toda posibilidad de verdadero ocio. En todo caso, considero que cabe actualizar la noción arendtiana de ‘banalidad del mal’ en dirección a la devastación que producen estas lógicas. Pienso que ya ni siquiera es necesario acudir a Giorgio Agamben para dar cuenta de que el mundo devino Auschwitz.[13] Tampoco es necesario pensar en dos bandos, tanto el eje como los aliados se han orientado a lo mismo: a que trabajemos incansablemente por nuestra propia extinción. La mafia nos ha capturado y nos pone a cavar, todos los días, la propia tumba. El absurdo humano ha llegado al paroxismo. Hay que imaginar a Sísifo al soldado israelí feliz de obtener un bono de productividad por matar 15% más niños que el mes pasado.

Entonces, la filosofía, ¿para qué sirve?, ¿qué se gana con la filosofía? Se gana el acceso a modos de concebir la vida que no estén reducidos a la lógica extractivista, a la expectativa de la ganancia.


[1] El diálogo en esa escena es: “cuando la gente cree que estás muriendo realmente escuchan en vez de… esperar su turno para hablar”.

[2] “Tratado teológico-político” en: (2015). Spinoza II. Madrid: Gredos; p. 14. Leo esto en resonancia al fragmento Capitalismo como religión de Walter Benjamin, que se encuentra fácilmente en la red.

[3] Si alguien quiere unirse, puede contactarme a: asesoría.filosofica.vital@gmail.com Para escuchar el programa de radio: https://open.spotify.com/episode/34ebsKb3H3cCKAGSs8vyX3?si=x1XEL2tJTI6GMHe1606HNA

[4] Recomiendo leer toda su entrevista en: (2023). El eclipse de la atención; pp. 27-47. Si bien la industria de la atención emerge ahí, no hay que olvidar el importante antecedente de la glorificación como instrumento que sostiene, primero, el Reino divino y, después, el trono vacío. La atención a la publicidad produce hoy el fetichismo de la mercancía (y hay que ir acá a Guy Debord en La sociedad del espectáculo) del mismo modo que la glorificación produce al dios cuyo Reino ampara las acciones de gobierno. Eventualmente escribiré sobre esto pero por lo pronto pueden ir a El Reino y la gloria de Giorgio Agamben.

[5] En el segundo episodio de la primera temporada de Black Mirror esto se lleva a un extremo que no está demasiado lejos de lo que vivimos hoy. Ahí, al taparse los ojos o los oídos aparece una alarma insoportable exigiendo que se preste atención.

[6] Como ha hecho notar Yanis Varoufakis, ya resulta impropio entenderlas como “compañías” puesto que su volumen, alcance, poder económico y político institucional hace que se comporten más bien como mercados que, además, están bajo el control de pequeñísimos grupos dedicados a la explotación ya no sólo de empleados sino de otras compañías. La mano invisible de Adam Smith siempre fue una falacia pero nunca tanto como ahora. El cambio en la escala posibilitado por internet, los tratados de comercio neoliberales y los niveles de acumulación de capital sin precedentes, provocó un cambio de reglas fundamental que evidencia, una vez más, la impotencia de los estados-nación para tomar control de sus economías. Recomiendo la entrevista en: https://www.youtube.com/watch?v=VatYrw0uqjU

[7] https://anarqueologias.blogspot.com/2024/05/deseo-sin-esperanza.html

[8] Fernández-Savater, Amador. (2023). El eclipse de la atención. España: Ned; p. 18.

[9] Ver: “Sentido y sensibilidad”, parte 1: https://anarqueologias.blogspot.com/2024/06/sentido-y-sensibilidad-parte-1-hacer.html parte 2: https://anarqueologias.blogspot.com/2024/06/sentido-y-sensibilidad-parte-ii-el.html

[10] “Cuando alguien pregunta para qué sirve la filosofía, la respuesta debe ser agresiva ya que la pregunta se tiene por irónica y mordaz. La filosofía no sirve ni al Estado ni a la Iglesia, que tienen otras preocupaciones. No sirve a ningún poder establecido. La filosofía sirve para entristecer. Una filosofía que no entristece o no contraría a nadie no es una filosofía. Sirve para detestar la estupidez, hace de la estupidez una cosa vergonzosa. Sólo tiene este uso: denunciar la bajeza del pensamiento bajo todas sus formas.” (1998). Nietzsche y la filosofía. Barcelona: Anagrama; p. 149.

[11] Op. cit., pág. 22.

[12] Foucault, Michel. (2011). La hermenéutica del sujeto. México: FCE; p. 135.

[13] Pero claro que si esto no se entiende, sí que recomiendo acudir a Agamben, empezando por el primer volumen de Homo sacer: El poder soberano y la nuda vida.

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